Cacharro o el Atlas del Totumo

El Atlas del Totumo

Hay un Atlas que a sus 80 años aún soporta el cielo. Cuenta la mitología griega que Zeus castigó a Atlas después de la batalla titánica y lo obligó a cargar el firmamento por toda la eternidad. Este es otro Atlas: el de Montañas del Totumo –corregimiento de Paz de Ariporo, el segundo municipio más importante del Casanare en los llanos orientales colombianos, donde para ir de un lugar a otro son menos de 2 horas en carro o 2 horas y media en bus o 2 días a caballo–. No es un Dios, ni sobre sus hombros carga el peso de un castigo.

Es un mortal eterno de mirada blanquecina cuyo cuerpo se conserva como el de un joven de su edad. Su espalda no parece contener el peso del cielo. Parece más bien que llevara una nube que lo arropa. Este Atlas dice haber recibido no un castigo sino una bendición de Dios: la vocación de ser un maestro, un formador y un evangelizador. Con sus manos y sus palabras ha construido paz en el territorio de Montañas del Totumo. Sus medios no han sido los fusiles sino la transformación cultural desde la escuela y su vocación de maestro: en los niños, al impulsar alternativos proyectos de vida; en la comunidad, al enseñar que es posible mejorar las condiciones de vida; en las familias, al renovar los vínculos entre sus miembros.

Sumando algunos centros poblados aledaños, no se cuentan más de 600.000 las familias que viven de sus tierras y del ganado. El Atlas del Totumo vive ahora de la pensión, en Paz de Ariporo. Su nombre es Cacharro y a veces le dicen el profesor Julio Ernesto Ramos. En 1973, el 20 de julio, a las 10 de la mañana llegó como un libertador. Había estudiado en una normal de Silvania, Cundinamarca, cerca del pueblo donde nació, San Francisco, en el mismo departamento, a 52 kilómetros de Bogotá.

Hay seres humanos que son inabarcables como los lugares donde luchan. El Casanare le hace justicia a este Atlas: árboles floridos de corocoras rojas y blancas y de flores que iluminan las vías durante las noches y que al caer conforman tapetes espontáneos. La temporada de lluvia, en cambio, lleva a los cultivadores de arroz a arar la tierra: el agua deja de ser, durante los días calurosos, la esporádica formación que convoca para convertirse en la cotidianidad del caminante a caballo. El pasar de las horas hace cambiar la marea de sonidos: del ímpetu de la noche bajo el cielo  enramado de estrellas al silencio escondido entre los sonidos diurnos. Allí la naturaleza quiere parecerse a ella misma, en el cielo y en la tierra. 

Otra diferencia con el Atlas griego es que el de Montañas del Totumo sostiene un mundo plano: allí solo existe el relieve de los árboles anchos que dejan su sombra al ganado. Para llegar se transita por carreteras infranqueables cuando llueve, por las que se ven amplios campos de producción de arroz y una misma línea monótona y eterna. Los camiones hacen que tampoco sea muy fácil transitar por ellas en cualquier clima: las carreteras están en permanente arreglo. Entre tanto, aparecen animales conocidos o de nombres aún por conocer: ganado estático y garzas elegantes, osos muertos y olorosos, babillas sigilosas, tortugas ceremoniosas, chigüiros aclamados, pájaros de cola larga ensortijados en las vallas que separan los cultivos, los ganados. No por nada esta región de los llanos orientales hace parte del Global 200, los ecosistemas prioritarios para la conservación establecidos por la ONU.

Este Atlas no es solitario: un maestro que ha buscado a Dios en la transformación comunitaria y en la educación no puede trabajar solo. Encontró el piso en el que sostenerse en un pueblo que decían ser de guerrilleros. Pero él, en lugar de guerrilleros, descubrió maestros, pobladores, familias, estudiantes. Descubrió a la gente unida por un vínculo religioso como un cordón umbilical con sus tradiciones; es la gente de un pueblo en el que se siente el idilio de las flores al sol.

Todo el pueblo lo reconoce por ser el maestro de varias generaciones de estudiantes y de profesores. Y por haber sido quien promovió la llegada de instituciones al pueblo como la policía, el Das y la Iglesia, por la creación de puestos de salud y de comunicaciones y por el impulso que le dio a la población con el colegio Simón Bolívar como núcleo. Él iba de Bogotá a Boyacá, de Boyacá a Villavicencio (en ese tiempo Boyacá y Casanare conformaban un mismo departamento) gestionando recursos. También es reconocido por tener a cuestas las historias más inverosímiles: lograr que un nuncio de Roma llegue al Totumo como enviado por el papa; tener planeado que el padre Chucho llegue allí a oficiar una misa; renunciar a cualquier relación de amor de pareja por un engaño que vivió con una mujer –la única parte de su vida que mantiene escondida–.

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